Quejarse por vicio

Anoche, durante las más altas horas de la madrugada, no hubo ruido procedente del recinto ferial, ni luces de colores. Sin embargo, los impresentables que dirigen esto sustituyeron tales artificios por algo aún más desconcertante, ruidoso, impresionante y, bueno, aunque mi espíritu no-dejar-títere-con-cabeza me inste a no decirlo, bello.

Tal espectáculo llenaba cada medio minuto una habitación a las tres de la mañana de luz blanca y montaba un escándalo considerable, bastante más importante que la música que adorna la velada en la feria. Apagó aparatos electrónicos, cosa que las fiestas no habían hecho anteriormente. Realmente, me veo instado a quejarme de cualquier manera posible por el hecho de no haberme dejado reflexionar adecuadamente y sin interrupciones en la cama.

No sé si es mejor o peor no tener a quien echarle la culpa de una tormenta.

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