¿Qué he hecho?

Aydiosaydiosaydios quéhashechoquéhashechoquéhashecho. Te arrepentirás de esto el resto de tu existencia; te lo prometo. O igual llegas a ser un eminente científico y tienes el mundo a tus pies, y entonces te reirás en mi cara; que yo, por cierto, soy tu subconsciente, tu voz interior o como quieras llamarme. Pepito Grillo está bien.

Para colmo, de vez en cuando me pirro por la Física, y me parece que estoy entrando en una de esas fases catastróficas en las que ocurre esto último.

Curioso, irónico, extrañamente bello a su manera. Casualmente, relleno dócilemente mi solicitud de matrícula sin haber superado aún esa fase por la que a veces paso; y selecciono la casilla junto a la que reza el lema: “Itinerario II: Matemáticas B, Biología y Geología, Física y Química.” Con alegría.

Distintos motivos, aparte de mi conversión Chomsky–Hawking, me han llevado a tomar esta decisión. A saber:

  • En la UGR no encuentro, dentro de las Humanidades, ninguna carrera que satisfaga totalmente mis inquietudes intelectuales: hay filologías a granel, pero nada de Lingüística en un plano más abstracto, que es lo que a mí de verdad me interesa. Me he repasado convenientemente los planes de estudios de las filologías y son un soberano peñazo, en mi opinión. Y no entra entre mis planes emigrar para estudiar Lingüística.
  • Más como estrategia para convencerme a mí mismo, la siguiente circunstancia: en el Itinerario III (como ya se dijo en su momento, Sociales y Letras y Humanidades y demás), las asignaturas opcionales son Música, en la que este trimestre he sacado un diez, y Plástica, en la que tengo un nueve; en el II, he sacado un diez tanto en Biología y Geología como en Física y Química. Voy a lo mío.

De modo que, a no ser que en los próximos tres años cambie de opinión, cosa por otra parte bastante probable, voy a hacer la carrera de Física, después de haber hecho el bachillerato de Ciencias Naturales. Tengo el sobre con la solicitud de matrícula encima de la cama. Mañana por la mañana lo llevo. Entonces podré empezar las maravillosas posibilidades que habitan el camino de las Letras, y pasar todo el verano sintiéndome culpable. Pero entonces ya estará todo decidido: no podré hacer nada y no tendré que pensar. Qué alivio.

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