Razonando fuera del recipiente

Son la una menos diez de la madrugada del domingo y, por tanto, no es muy difícil calcular sin apenas involucrar en la operación a una serie de señores barbudos que en el día de ayer, sábado, no hubo post.

Esta ausencia de actividad creadora durante el día de ayer no fue —lo juro por Trotsky— intencionada: simplemente, la conjunción de los astros y una destacada monotonía en el entorno que me rodea derivaron en una evidente falta de inspiración ante la cual se me planteaban dos opciones:

  1. Escribir un post insulso recopilando cualquier lista de cosas, como búsquedas por las que se ha llegado a mi blog o aplicaciones que suelo usar, o las distintas especies de chinches.
  2. No escribir y leer a Terry Pratchett.

Hice lo segundo. Segundo. Bonita palabra. Ahora tendría que ponerme a desvariar sobre Terry Pratchett, pero voy a enumerar una extensa lista de frases sin sentido en torno a la palabra “segundo”. Segundo en gallego significa “según”, además de ser un nombre de persona o de bajista, según el caso; también es la más pequeña de las unidades de tiempo que no dan dolor de cabeza y suele referirse al que va detrás del primero, que es un tío que se lleva la gloria y la fama y las flores que le da una señora imponente vestida como si fuera a la piscina y a la que luego se beneficia.

Y, sin embargo, el señor este que llega justo detrás no se lleva nada de eso. Bueno, la señora puede ser, si tiene dotes persuasivas y lo que no son dotes persuasivas; pero la gloria y la fama y las flores no se las lleva. Bueno, quizá la Gloria sí, si es así como se llama la señora, que todo hay que tenerlo en cuenta. Pero es bastante poco probable: yo diría que más bien tendería a llamarse Ana, o María, o Ana María, o cualquier nombre mezclado con este último. Aunque, si la señora se llamase Gloria, sin dudarlo me rendiría a la evidencia y le presentaría mis respetos al señor primero, que tenía razón. Aunque no creo que haya dicho nunca que se llame así.

Así que son ya la una y cinco de la madrugada, hora interesante donde las haya. No tan interesante como las tres y cuarto de la tarde, por supuesto, pero se le acerca bastante. Y ¿qué es, si puede saberse, eso tan interesante que ocurre a las tres y cuarto de la tarde? Créanme: si yo lo supiera se lo habría dicho. Pero no lo sé. Sólo sé que no sé nada, que decía Sócrates, y también una profesora mía que estaba como una cabra. Las cabras: qué bellos animales. Tienen cuernos y cuatro patas y dicen: “Beeehh.” De esto último no estoy seguro: sé que las ovejas dicen con toda seguridad eso de “Beeehh”, pero sólo recuerdo una imagen de las cabras invadiendo un lugar en medio del monte en el que me hallaba yo en compañía de no recuerdo quién; los altavoces estaban desconectados, así que no me acuerdo de qué decían. Tal vez hacían comentarios insidiosos del tipo: “Ese chubasquero rojo necesita un planchado urgente” o elaboraban oralmente complicados ensayos sobre economía política, pero el caso es que no recuerdo haberlas oído.

El oído es —para no perder el hilo— uno de los cinco sentidos más importantes, y también una palabra que empieza por “oí” y acaba por “do”, del mismo modo en que muchos nombres de chicas empiezan por una letra y acaban por otras. También cabe notar que no lleva hache, y tampoco ninguna equis, que es una letra que tan puesta de moda está en sistemas operativos surgidos en los últimos años, como Unix o Linux. Debe de estar derivado de la Generación X, que debe llamarse así por el porno, al igual que la Generación Y, a la que supuestamente pertenezco, está derivada de la Generación X, que creo que viene del porno. De modo que, indirectamente, esta generación, y diría que también la Z, reciben su nombre de fotografías obscenas que muestran a señoras en actitudes provocadoras. Qué depravación.

¡Depravación! ¡Hay tantas palabras que terminan en “-ión”!, le comentaba yo hoy a mi vecina. No he puesto ejemplos porque a mi mente sólo venían escenas de esas que vienen inspirando a las últimas generaciones, pero ahora mismo se me ocurren trepanación, procrastinación y circuncisión. En esta última he dejado de pensar rápido: yo es que me mareo en las clases de Biología, aunque el otro día aguanté como un campeón un vídeo bastante ilustrativo sobre el milagro del nacimiento; de todos modos, la chica se rió de mí como siempre, con sus caprinos comentarios insidiosos sobre la palidez de mi cara después de tal experiencia y sus observaciones sobre lo que me espera como progenitor.

¿Por qué piensa que voy a vivir el tiempo suficiente para tener un descendiente? ¿Por qué piensa que tengo alguna intención de tenerlo? ¿Por qué piensa que voy a tener con quién? Éstas son las preguntas que uno se hace después de unos cuantos desvaríos sobre familias felices, y luego se da cuenta de que ya está en medio de clase de Lengua y no ha abierto ni el libro. Entonces acaban las cavilaciones.

Porque toda cavilación ha de acabar, para bien o para mal. En casos como el que nos ocupa, para bien, pero cuando dejemos de preguntarnos si Dios o Papá Noel existen nos aburriremos como ostras. Y yo dejo ya de divagar, que son la una y media de la madrugada.

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