Final honroso

Adiós, Gaim. Te dejo. Me voy con la rubia, que está imponente. No, no inventes excusas para mantenerme anclado a ti: es inútil; es absurdo seguir contigo cuando es evidente que la llama se extinguió, etcétera. No intentes que permanezca a tu lado diciéndome que la rubia no puede conectarse a través de un proxy, porque gracias a la inspiración divina, gracias a Dios y gracias a tu suegro que tan pacientemente ha configurado un router, ya no dependo más de él. Adiós, nena.

Rubia: qué pasa, chata. Sé perfectamente que me engañas; yo sé que tú me pones los cuernos con el batería de Siniestro Total. Pero qué más da. Puede que hagas algunas cosas que carecen absolutamente de lógica y que no aceptan ninguna clase de explicación: te conectas cuando te da la gana, no guardas mis contraseñas; pero esto es lo máximo a lo que podría llegar después de tan ardua búsqueda de cómo gaitas configurar el router, y me siento satisfecho, completado y reumático. Esto es lo que hay y, como decía el refrán, “ajo y agua, buena sombra le cobija”.

Cuarto y último post sobre la rubia, con la que desesperada historia de amor he vivido. Como podéis ver, el título refleja mi absoluta intelectualidad y el grado de conocimiento que sobre el Renacimiento poseo; aunque la verdad es que, después de escribir eso de “final honroso” en un examen, como mínimo eso se te queda.

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