¡Jo, qué potra!

Ayer terminé de ver La vida de Brian. Estaba bien.

Bueno, vale, estaba más que bien: estaba genial, sublime, apoteósica. Divina de la muerte. Lo que no entiendo es por qué en los sitios en los que miré después de terminar de ver la película todo el mundo se quejaba de que los marcianos están fuera de lugar. ¡Blasfemia! ¿Quién sería el hereje que se atreviera a quitar la escena más absurda, surrealista y, bueno, sí, ¿por qué negarlo?, fuera de lugar de mi historia del cine particular?

La cosa es así: Brian, perseguido por una legión de romanos enfurecidos, sube a lo más alto de una torre, desde la cual se precipita hacia el suelo; justo antes de llegar a éste, es rescatado por una nave espacial que se lo lleva más allá de la atmósfera, donde se enfrenta con una nave enemiga a cañonazo limpio. Mientras esto ocurre, Brian mira atónito a los dos marcianos que hay al volante: dos seres viscosos de color morado con dos enormes ojos saltones y una sonriente boca con los labios pintados, ambos muertos de risa. Cuando regresan al planeta Tierra, y tras una piña considerable en mitad de la ciudad, Brian sale de entre los restos de la nave. “¡Jo, qué potra!”, exclama un tío que pasaba por allí.

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