Adiós, Gaim. Te dejo. Me voy con la rubia, que está imponente. No, no inventes excusas para mantenerme anclado a ti: es inútil; es absurdo seguir contigo cuando es evidente que la llama se extinguió, etcétera. No intentes que permanezca a tu lado diciéndome que la rubia no puede conectarse a través de un proxy, porque gracias a la inspiración divina, gracias a Dios y gracias a tu suegro que tan pacientemente ha configurado un router, ya no dependo más de él. Adiós, nena.
Rubia: qué pasa, chata. Sé perfectamente que me engañas; yo sé que tú me pones los cuernos con el batería de Siniestro Total. Pero qué más da. Puede que hagas algunas cosas que carecen absolutamente de lógica y que no aceptan ninguna clase de explicación: te conectas cuando te da la gana, no guardas mis contraseñas; pero esto es lo máximo a lo que podría llegar después de tan ardua búsqueda de cómo gaitas configurar el router, y me siento satisfecho, completado y reumático. Esto es lo que hay y, como decía el refrán, “ajo y agua, buena sombra le cobija”.
Cuarto y último post sobre la rubia, con la que desesperada historia de amor he vivido. Como podéis ver, el título refleja mi absoluta intelectualidad y el grado de conocimiento que sobre el Renacimiento poseo; aunque la verdad es que, después de escribir eso de “final honroso” en un examen, como mínimo eso se te queda.
Ante todo, lo que siempre se dice del disco este: reggae, reggae y más reggae. Por un tubo. Unas veces más disimulado (The Right Profile, Revolution Rock) y otras vergonzosamente evidente (Rudie Can’t Fail), pero asomando por casi todas partes. También algo de ska, como en Wrong ’Em Boyo, pero el caso es que poco queda del punk inicial de la banda.



